-Mire, así, entre usted y yo: soy un asesino en serie.
-What?
-Si, si; se lo digo en serio.
En serio y en serie. Y acto seguido, sin mediar palabra, le arreó un testarazo en todo lo alto del cráneo son la pesada ensaladera que sostenía con ambas manos. La jambalaya se desparramó por todo el cabello y sobre el mantel. La salsa, con un ligero toque de tabasco, impregnó el rostro de Michael que, de seguir vivo, seguro que hubiese sentido un intenso picor en el ojo derecho a pesar de que éste colgaba en parte por su mejilla.
A su vez la mujer sujetó, con su brazo hiperprotéico e hipertrofiado por el exceso de ejercicio anaeróbico, fuertemente por el cuello a Meadows mientras que con la otra mano le atravesaba la garganta con el acero inoxidable de un pincho moruno, con perdón. Los trocitos de jugosa carne vacuna quedaron muy juntos al final de la varilla, cerca del mango. El olor metálico de la sangre que brotó a borbotones de la tráquea de Meadows se mezcló con la sutil fragancia que desprendía el curry que impregnaba la carne de la brocheta.
Asesinar nunca fue para ellos lo difícil en su trayectoria común como asesinos psicópatas. Esa era la parte creativa y la más agradecida que además les excitaba a todos los niveles. Deshacerse de los cadáveres, sin duda, también es complicado y quizás por lo mecánico del proceso les resultaba un asunto más bien farragoso y, en ocasiones, con excesos de fluidos según sus criterios y gustos particulares. No lo disfrutaban tanto y además se necesitaba de una infraestructura de la que ellos carecían, como por ejemplo un vehículo con un amplio maletero.
Pero lo realmente complicado hoy en día es conseguir víctimas. La gente, en general, se muestra muy desconfiada y tampoco se trata de ir por la vida llamando la atención realizando secuestros cada dos por tres, un estilo que no conjugaba con ellos. Estos asesinos prefieren la sutileza, el juego del engaño, una suerte de “trompe-l’oeil” si me permiten equiparar con el arte pictórico su luctuosa actividad criminal. Les gusta la exquisitez y la sofisticación y que la víctima caiga por su propio pie, sin mediar fuerza bruta alguna ni amenaza, en la tela de araña que ellos con tanto mimo han tejido. Y para eso Internet es la clave.
Internet es herramienta pepino, muy poderosa, que sumada a la estulticia de los que se creen modernos por seguir toda aquella tendencia y que adoran cualquier moda por absurda que sea siempre que les destaque del resto o “main stream”, como lo suelen definir, y que confían en las nuevas tecnologías - ¿hasta cuándo habrá que llamarlas así? – con la candidez propia de un infante; pues como iba diciendo, internet propicia la captación de futuras víctimas en todo los ámbitos de la maldad humana.
Michael y Meadows tuvieron mala suerte. Pudieron haber tropezado con cualquier otro con falta de escrúpulos, que amparado por el opaco concepto de “economía colaborativa”, (eufemismo de “el buscarse la vida” de siempre), les hubiese obsequiado al final de la cena que contrataron a través de aquella página web, que ofrecía cenas en casas particulares y que proponen una visión distinta de la gastronomía local del lugar de vacaciones, con unas diarreas y vómitos al haber ingerido un sushi manufacturado por unas uñas negras después de rascarse el culo. Pero tropezaron con la pareja más letal de L’Eixample de Barcelona. Y ese fue el final de la experiencia colaborativa de Michael y Meadows, que además de costarles 35 euros por barba les costó la vida.
Y encima ahora son el próximo menú de los asesinos del “Eatwithme.com”.
sábado, 18 de octubre de 2014
domingo, 15 de diciembre de 2013
"Gente que madruga para ir al bar"
"Gente que madruga para ir al bar"
"El Chincheta" en un ataque de ira se tragó las seis chinchetas con las que iba a sujetar un poster de Raúl en la pared de su habitación de soltero. Acto seguido su octogenaria madre llamó por teléfono a un "tasis" para llevar al chiquillo al servicio de urgencias del hospital.
"El Chincheta" en un ataque de ira se tragó las seis chinchetas con las que iba a sujetar un poster de Raúl en la pared de su habitación de soltero. Acto seguido su octogenaria madre llamó por teléfono a un "tasis" para llevar al chiquillo al servicio de urgencias del hospital.
La madre estaba más preocupada por los arranques de genio de su niño que por el futuro transito intestinal de las pequeñas y puntiagudas piezas de metal, pero el cirujano no, así que El Chincheta se tuvo que quedar ingresado.
Durante unas semanas y cada dos días al Chincheta se la hacía una radiografía y de este modo todos pudimos seguir su particular e íntimo idilio con las tachuelas. Afortunadamente no estuve presente durante el desenlace de la historia, pero ahora, dieciocho años después, me consta que todo salió bien porque cada mañana lo veo en la puerta del bar....¡Hala Madrid!
domingo, 17 de noviembre de 2013
Como cuando El Camping.
Como cuando El Camping.
Al principio los dos solos y después de aquel primer verano siempre acompañados.
Como cuando El Camping en el que dormíamos juntos y protegidos de cualquier inclemencia por una leve tela.
Como cuando El Camping pasamos hoy las últimas horas, pero sin tejido que nos separe del futuro cierto, volvemos a dormir juntos los niños, tu y yo.
La espera se hace eterna fuera de casa y por eso haremos esta noche de la habitación impersonal nuestro hogar, nuestro camping de verano. Y tomaré tu mano mientras duermes el sueño químico. Y dormiré a tu lado como siempre hicimos. Y cuando llegue el momento de tu última exhalación los chicos también estarán aquí, con nosotros, como en El Camping
Al principio los dos solos y después de aquel primer verano siempre acompañados.
Como cuando El Camping en el que dormíamos juntos y protegidos de cualquier inclemencia por una leve tela.
Como cuando El Camping pasamos hoy las últimas horas, pero sin tejido que nos separe del futuro cierto, volvemos a dormir juntos los niños, tu y yo.
La espera se hace eterna fuera de casa y por eso haremos esta noche de la habitación impersonal nuestro hogar, nuestro camping de verano. Y tomaré tu mano mientras duermes el sueño químico. Y dormiré a tu lado como siempre hicimos. Y cuando llegue el momento de tu última exhalación los chicos también estarán aquí, con nosotros, como en El Camping
"Dos de cada mil"
"Dos de cada mil"
En el prospecto de las pastillas contra la frustración pone que en una de cada mil personas pueden producir más frustración. Cuando el inventor del medicamento lo leyó sintió una gran impotencia.
En el prospecto de las pastillas contra la frustración pone que en una de cada mil personas pueden producir más frustración. Cuando el inventor del medicamento lo leyó sintió una gran impotencia.
jueves, 31 de octubre de 2013
Relato para cagarme de miedo en Halloween, 2013.
"Truco o traCto (rectal): una historia de terror de
mierda"
Desconozco si son
ustedes del tipo de persona que se quedan observando durante largos segundos el
pedazo de papel higiénico que utilizan para limpiarse el ojete después de
fregarlo contra su culo. ¿Qué esperan encontrar? ¿El rostro de un antepasado
muerto hace siglos? ¿La cara de Cristo? Alguno se justificará diciendo que es
importante ver el color y la textura y, quizás el más osado, por no llamarle
guarro, se lo acercará a la nariz para oler el producto residual de su
organismo, porque sus cualidades organolépticas nos pueden dar pistas sobre si
padecemos alguna enfermedad, dirá. Mire usted, no me venga con cuentos: si se
encuentran enfermos vaya al ambulatorio y que les hagan un análisis de sangre y no
quieran justificar su comportamiento coprófago.
Pues yo, hace años,
decidí hacerme vegano, (muchísimo más moderno que ser vegetariano), para evitar
este trance tan desagradable de malgastar tanto tiempo con la higiene íntima de
mi orto. Cuando era básicamente carnívoro mis heces parecían estar fabricadas
con material adhesivo: entonces empezaba limpiándome el cerito sexual de manera
ortodoxa y poco a poco, sin querer, iba expandiendo todo el residuo es vez de
eliminarlo. No importaba la textura del papel higiénico. Una vez perdí la
paciencia y me volví tan loco que casi me lo reparto por toda la espalda
llegando a la nuca y gastando metros y metros de papel. Seguro que les ha pasado
alguna vez.
Pues como les decía,
cuando empecé a comer césped y virutas de madera, que es lo que parece una
dieta vegetariana, mis cacas empezaron a ser menos versátiles y se convirtieron
en higiénicas bolitas flotantes que apenas dejaban rastro de ADN allí donde la
espalda pierde su noble nombre. Otras veces son tan compactas y duras que me
tengo que enfrentar a ellas, cual espadachín, con la escobilla del inodoro para
partirlas en trozos más pequeños al grito de ¡touché!, pero nunca, nunca, dejan
rastro ni bolitas enganchadas en los pelos de mis blancas nalgas.
Años más tarde pude
comprobar que el hecho de no controlar el aspecto de nuestra deyección es un
error.
Un día, a finales de
verano, sin venir a cuento, evacué una boñiga asesina. Si, así como lo oyen. No
me pregunten cómo. Yo lo atribuyo a los alimentos mal llamados ecológicos, pues
todo empezó a suceder cuando comencé a frecuentar comercios tipo Veritas y
timos por el estilo. Pienso que la ausencia de productos químicos en el cultivo
de los vegetales pudo favorecer el crecimiento en ellos de algún tipo de
bacteria de origen extraterrestre comedora de culos.
Las primeras veces
notaba como una especie de pellizco en el ojaldre, pero como me acostumbre a
limpiarme el culo, así, por encima, con la seguridad de que mis cagadas no
dejaban rastro y a no mirar con atención el inodoro, pesé que se trataba de un
poco de estreñimiento. Vaciaba la cisterna y punto.
El truño asesino se
manifestó, finalmente, una tarde de finales del mes de septiembre, tras una
pesada digestión de brevas primerizas. Quizá a ustedes, debido a sus mentes
inmaduras y pueriles, les resulte divertido ver una caca con ojos y que
son muy graciosas en emoticones y dibujos japoneses, pero les aseguro que
es algo terrorífico.
La deposición surgió
del váter lentamente cuando acabé de cagar los higos y me estaba subiendo los
calzoncillos. No daba crédito a lo que estaba viendo… ¡una mierda había cobrado
vida! ¡Y tenía ojitos! ¡Y me miraba! Creí desmayar cuando su sucia mirada, su
mirada de mierda, se clavó en la mía. Entonces hice lo que cualquiera hubiera
hecho en mi lugar: cagarme de miedo, literalmente.
De este modo bizarro
descubrí que el truño con vida, del tamaño de mi puño, se retroalimentaba con
cagadas. Una vez satisfecha su necesidad, la caca reposaba un par de días.
Durante un tiempo
intenté eliminarla varias veces, pero, ¿de qué modo? Por el váter no la podía
tirar y…al fin y al cabo es parte de mí, como un hijo o una hija.
Si, sé que soy un
sentimental, pero no pude deshacerme de ella, así que decidí alimentarla. El
único problema es que cada vez me exige más y más. Hace días que no doy abasto
con las heces que genero. Ya no basta con la ingestión diaria de ciruelas y
agua, así que he decidido sacarla a pasear por la calle de noche. Ha sido todo
un hallazgo: ha dejado el barrio limpio de todas las mierdas de perro que sus
putos amos no recogen.
Ahora el barrio está
totalmente limpio de cagadas de perro y los animalicos, pobres, que tienen un
sexto sentido, saben que algo malo ocurre y no quieren salir a pasear con sus amos.
Para mí eso resulta un problema, pero por otro lado se me pone dura pensando
cómo se llena de mierda de perro los comedores de las casas de los guarros de
sus amos.
Pero hoy, mi mierda
de criatura se volverá a despertar y no tengo ni una cagadita en condiciones
que darle para que se lleve a su boca de mierda. He pensado que como ahora todo
el mundo se ha vuelto loco con esto del Halloween, podría disfrazar a mi
querido truño de niño y sería un buen momento para ir esta noche por las casas
y, con la escusa de que el niño se está meando, mi truño entre en vuestros
lavabos en busca de vuestra mierda. Espero que caguéis mucho hoy, porque si no
encuentra qué llevarse a la boca, sospecho que mi mierda puede ponerse violenta
y entonces no podré responder por lo que os pueda hacer: no habrá ni truco ni
trato.
sábado, 12 de octubre de 2013
Calendario
Quizá aún conserve en algún lugar que no sea mi cabeza aquel calendario de hojas grandes en el que apuntaba, bajo sus grandes números, las pequeñas cosas que me pasaban, y también las que no me pasaban como por ejemplo aquel beso que te di.
La bebida tuvo la culpa de que ahora tú y yo no tengamos que negociar cosas absurdas con absurdos adolescentes, (o abogados), de es...os que caminan tirados y guiados por un “Smartphone”. Esa podría haber sido una opción de entre tantas, quizás la menos dramática… ¡hay tantas!
Pero las cosas son las que son y aunque me guste andar sobre mis pasos de vez en cuando, como hago las tardes de sábado y dolor de espalda, eso no significa nada, sólo un pasatiempo, porque los números nunca se me han dado bien y prefiero la nostalgia a un sudoku.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
